Nació en Sevilla, allá por 1890. En aquel entonces, el flamenco era un arte en plena efervescencia. Dotada de una voz claramente prodigiosa, empezó a cantar cuando aún era una niña. Actuó en la Feria de Sevilla, y en Madrid, donde conoció al pintor Ignacio Zuloaga, que la convenció para que cantara en Bilbao. Fue conociendo los secretos de este arte de inspiración mayor, dotado para los que son capaces de cantar los misterios más perdidos a los que se enfrenta cualquier ser humano. Formó parte de la “ópera flamenca”, llamada así por cuestiones meramente económicas. Y pronto se convertiría en la mejor cantaora de todos los tiempos.
Su nombre artístico se debe a la letra de unos tangos, los cuales empezó a cantar con gran éxito de público:
«Péinate tú con mis peines,
Que mis peines son de azúcar.
Quien con mis peines se peina
Hasta los dedos se chupa…»
Actuó en el Concurso de Cante Jondo, que se celebró en Granada en el año 1922. Esto hizo que conociera a Manuel de Falla y a Federico García Lorca, que le escribiría. Otro artista que se acercó a ella fue Julio Romero de Torres, que la inmortalizó en un cuadro. Asimismo, el escultor e imaginero Antonio Illanes nos dejó su figura en el monumento que figura en la Alameda, lugar predilecto para los artistas de aquel tiempo.

Hay que señalar su relación con Pepe Pinto, cantaor con el que casó en 1931, cuando tenía 41 años de edad. Señalemos aquí el romance que mantuvo, años antes, con el genio del cante Manuel Torre. Además, estuvo en el ambiente sevillano gracias al negocio que regentaba su marido en la Campana, muy cerca de la esquina que forma con la plaza del Duque. Grandes artistas como Manolo Caracol, Juan Talega o Antonio Mairena fueron discípulos de su arte.
A la hora de señalar las influencias que recayeron en los cantaores más próximos, habría que mencionar a Tomás Pavón. De indudable pureza a la hora de acometer los estilos, fue un cantaor más próximo a lo que siempre había dominado. Eternamente acompañado de Pastora, nos dejó para la memoria una serie de cantes ilimitados, soberbios, que hieren con las agujas invisibles de la pena.
En 1969, poco después que su marido, se fue Pastora de este mundo. Hay que señalar su vida como la de una cantaora sublime, una mujer capaz de sostener en su voz el poderío del flamenco más claro y más oscuro. Después de ella, quien cante no tendrá más remedio que acordarse de la Niña de los Peines. Una y mil veces. Hasta que los quejíos de la voz se pierdan por los lentos territorios del duende.
