La entrevista tiene ya 18 años. La guardo como oro en paño. Las fotos, espectaculares, las hizo José Antonio De Lamadrid, además de imágenes procedentes del libro de Concepción Calleja ‘Álbum privado de la duquesa de Alba’. Tuve la suerte de coincidir en varias ocasiones con Cayetana, de conocerla y ser correspondido con su afecto y su respeto. Décimo octava duquesa de Alba, los títulos nunca le hicieron perder de vista la realidad. En pintura diríamos que siempre se la dibujaba al natural. En literatura, sería un fiel exponente del realismo mágico.
Aquella charla en el palacio de Dueñas se publicó el 8 de mayo de 2005 en los nueve periódicos del Grupo Joly. Fue como recibir una lección de Historia de uno de los grandes personajes del siglo XX. La importancia se la damos los demás, nunca se la dio ella misma. No pretendo repetir las cosas que me contó, tan culta, tan divertida, tan cariñosa, con un sarcasmo amable que le llevaba a decirme cosas como “no me pongas muy revolucionaria” o “soy fatal para los siglos”. Nos recibió en Dueñas en un día luminoso. El palacio donde un día de julio de 1875 nació el poeta Antonio Machado. Escribo estas líneas tres antes del que sería su cumpleaños. Nació el 28 de marzo de 1926 en el Palacio de Liria. Esa noche estaban cenando en su casa el doctor Gregorio Marañón y Ortega y Gasset.
El primer contacto con la entrevista tuvo lugar en la presentación de ese ‘Álbum’ de Concepción Calleja, un itinerario gráfico por su vida apasionante y apasionada. Digamos que la cita quedó en una cortés invitación a solicitarla de nuevo. Pero la fortuna me sonrió. Una tarde había quedado con un amigo, José Antonio Francés, para hablar de un proyecto literario. Llegué antes de tiempo y me acerqué a ver la cartelera del Alameda Multicines, ya desgraciadamente clausurado. Del claroscuro de esa filmoteca emergieron dos mujeres: la duquesa de Alba y una acompañante. Eran las dos únicas espectadoras que habían visto la película ‘Hierro 3’ del coreano Kim-Ki-Duk. La saludé, le recordé la petición para la entrevista y me pidió que le dejara una tarjeta. No llevaba ninguna y le apunté mi teléfono en un bonobús caducado que llevaba como separapáginas de la novela ‘Los puentes de Alcántara’, de Karl Baer.
Nos despedimos, no sin antes confesarme que era una gran admiradora del cine coreano, y mi sorpresa fue mayúscula cuando esa misma tarde me llamó una persona de Dueñas diciéndome que la mañana siguiente me esperaba la duquesa en su casa. Muchas veces las dificultades para llegar a una persona son inversamente proporcionales a su categoría.
Cayetana nos regaló una mañana entera, se dejó fotografiar, nos mostró sus libros, sus cuadros, nos abrió su alma y no eludió ninguna cuestión por espinosa que pareciera. Se interesó por unos dibujos de mi hija que yo guardaba en el cuaderno donde tomaba las notas de la entrevista. Mi hija Carmen acababa de cumplir nueve años. 18 años después, le emociona este recuerdo.
Esa primavera había muerto Juan Pablo II. Cayetana recordaba el día que conoció en persona a Karol Woyjtila. Fue en Alba de Tormes, donde está enterrada Teresa de Jesús. Y entre bromas y veras estaba convencida de que en España el único que había leído en alemán al nuevo pontífice, Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) era Jesús Aguirre, el antiguo sacerdote con el que después de dos años de noviazgo se casó en segundas nupcias el 16 de octubre de 1978. Esa boda fue en Madrid, al novio le facilitó los trámites su amigo José María Martín Patino, hermano del cineasta Basilio y mano derecha del cardenal Tarancón. Cayetana se había casado por primera vez con 21 años, el 12 de octubre de 1947, en la Catedral de Sevilla con Luis Martínez de Irujo.
Se habla mucho de la generación del 27, ese grupo de poetas que reunidos por el torero Ignacio Sánchez Mejías se reunieron en Sevilla en diciembre de 1927 para recordar a Góngora en el tercer centenario de su muerte. Pero no es menos potente la generación del 26, el año en el que nace Cayetana, hija de Jacobo Fitz-James Stuart, con el que vivió en Londres su etapa de embajador, y de María Rosario de Silva, de la que quedó huérfana con ocho años. Cayetana, una mujer para la Historia. Su padrino de bautizo fue el rey Alfonso XIII. Rechazó una invitación de Picasso para posar desnuda como hiciera una antecesora con Goya. En 1926 nacen DiStéfano y Marilyn Monroe, Manuel Clavero y Caballero Bonald, Alfonso Paso y Alfonso Sastre. El cineasta Mariano Ozores es uno de los pocos personajes populares nacidos ese año que todavía pueden contarlo. De 1926 era la reina Isabel II de Inglaterra, que murió el 8 de septiembre de 2022, justo el día que se cumplían quinientos años de la vuelta a Sevilla de la nao Victoria al frente de Elcano, única que completó la primera vuelta al mundo.
La muerte de la duquesa de Alba corrió como hoja volandera por los puestos del Jueves de la calle Feria, tan cerca de Dueñas a la altura de San Juan de la Palma, la iglesia donde se casó Manuel Machado, hermano del poeta que nació en Palacio y murió en una humilde pensión de Colliure. Murió el 20 de noviembre de 2014. Enamorada de Sevilla, devota de su Cristo de los Gitanos.
Abrió el patrimonio artístico de su familia para exponerlo en el Museo de Bellas Artes. Se casó en terceras nupcias con Alfonso Díez regalándole al público unas sevillanas impagables. La que tuvo, retuvo, alumna de la academia de su vecino Enrique el Cojo. Yo le hice un regalo de boda que aceptó encantada. Le enmarqué una página en la que aparecían como dos novios simbólicos el poeta Carlos Edmundo de Ory, gaditano, padre del postismo, hijo de las vanguardias, y Cayetana de Alba, la duquesa del pueblo. Juntos porque la Junta de Andalucía los nombró hijo predilecto e hija adoptiva respectivamente. A la muerte de la duquesa, se abrió Dueñas a las visitas del público. Cayetana había tenido el detalle de colgar en su biblioteca particular esa página con la firma de este humilde periodista. El año que la entrevisté, 2005, su equipo, el Betis, ganó su segunda Copa del Rey. El año que falleció la reina Isabel II de Inglaterra, el Betis ganó la tercera. Madrileña de cuna, en Sevilla vivió la consagración de la primavera. Su vida también “son recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero”, como escribió el poeta al que cantó Serrat.
Hablamos del bonobús caducado y me confesó que nunca había subido a un autobús urbano. Y eso que la glorieta de la Barqueta, donde coinciden varios autobuses circulares o kilométricos (los transevillanos 2 y 3) se llama Duquesa Cayetana de Alba.
