Me llamo Sevilla. Dicen de mí que soy la Ciudad de la Gracia, Roma andaluza, Novia del Guadalquivir, llana y celeste Híspalis que todos creen construida sobre palos por un dios, ciudad legendaria que fundara Hércules, mitad sombra y mitad luz. Ajedrez del espíritu y la carne, mestiza de culturas antiquísimas donde Oriente y Occidente se hicieron el amor, seductora sutil, ciudad fluyente, abierta, viva y en apariencia alegre, ruidosa y bullanguera.
Pero también, recóndita, indolente, escurridiza, repintada de mentiras y de tópicos, inexplicablemente triste en mi constante mutación.
Porque la verdad es que nadie sabe a ciencia cierta como soy, madrastra para unos y amante para otros, siempre en boca de todos y por todo, discurso, divagación o copla.
Pocas ciudades tuvieron más metáforas que yo. Piropos a granel de mil poetas baratos a porfía, y minúsculos tarros de alabastro con esencias encantadas para inteligencias de iniciados.
También -era inevitable- escandalosos insultos, palabras malsonantes, desprecios y prosaicas acusaciones. Nada de relumbres: miserias y hondas dificultades que hacen más dolorosa las denuncias y más certera la hostilidad. Ciudad malquista por algunos de dentro y no pocos de fuera. Ciudad de la leyenda y de los cuentos tristes, infiel con los mejores para que solo impere la mediocridad.
Ahora bien, puedo jurar por mi honor (si se me admite) que nunca fui insensible ni a lo uno ni a lo otro, pues nunca oculté la difícil belleza de mis complejidades, ni esos motivos contradictorios que dan, precisamente, su carácter peculiar, sus matices singulares a mi cuerpo y a mi alma.
Soy así, Ciudad-Mujer, Ciudad-Diosa, ramera y santa a un tiempo, gracia y desgracia para ti, sevillano, porque soy tu ciudad aunque te pese.
Y tú, forastero, no te llames a engaño. Soy casi imposible de descubrir. Multiforme y disconforme, sabia y analfabeta, amable si te dejas convencer, indiferente si dudas de mi ánimo y grandeza, absorbente y terrible si llegas a amarme. Fina y fría. Pegajosa y perfecta.
Soy Sevilla. Y no hay más: me tomas o me dejas.

