Revista Sevillanas
Entrevistas

Virginia Saldaña y la luz de Sevilla

Virginia Saldaña nace el 10 de julio de 1978 en Ayamonte, pero desde que llegó a Sevilla a estudiar Bellas Artes jamás ha dejado esta ciudad que forma parte de su inspiración y su vida.

Virginia es una mujer apacible, sus movimientos son sosegados y sus manos parecen manejar suaves pinceles mientras habla. Su voz es segura y sus respuestas llevan los trazos firmes de una artista que ya a los quince años de edad empezó a ganar premios de pintura. Entre ellos el Premio Fundación Cruzcampo en el Salón de Otoño de Sevilla en 1999 cuando aún cursaba segundo de carrera, o los dos premios otorgados por la Real Maestranza de Caballería unos años después.

– ¿Qué hace una ayamontina en Sevilla? 

– Estudié Bellas Artes aquí, soy de la promoción 1997/2002, y desde que vine a Sevilla no me he desvinculado de la ciudad, ya no he vuelto a vivir en Ayamonte. La pintura es la que me ha traído a Sevilla y la que me mantiene en Sevilla también.

– ¿Estudiar y pintar en Sevilla afecta a un artista? ¿Sería su pintura la misma si viviese por ejemplo en Valladolid?

– Creo que sí condiciona, las luces sevillanas, la manera de vivir, la cultura, la manera de entenderla… no se si pintaría diferente, pero creo que sí condiciona, influye bastante.

– ¿Ha expuesto en Nueva York, pero ha pintado en Nueva York?

– He dibujado en Nueva York, pero no he pintado. He hecho bocetos y, sobre todo, he observado mucho. Para mí ese es el primer paso, antes de dibujar tenerlo muy claro en la cabeza, tener muy claro qué es lo que quiero hacer, qué me motiva, qué me apetece pintar, todo empieza ahí, desde el primer pensamiento saber qué es lo que quiero hacer y qué me apetece.

– ¿Cuándo coge su primer pincel?

– Muy pequeñita, tenía claro desde niña que me gustaba pintar, que quería pintar y que me iba a dedicar a pintar. Lo tenían claro mi familia y toda la gente que me conocía. No tenía ninguna duda, me apoyaron en el colegio desde el principio. La profesora de primero de EGB nos dejaba dibujar en ratitos libres a nuestro aire y se lo comentó a mi madre, «la niña pinta bien». Yo pintaba tendederos con ropa colgada y le hacía mucha gracia a la profesora porque no lo hacía nadie. Mis padres me han apoyado siempre.

– ¿Se puede pintar la luz?

– Sorolla podía, evidentemente, y veo a mucha gente que lo consigue, y si no es exactamente la luz es la sensación de luz, que al final es con lo que te quedas, lo que uno percibe cuando observa un cuadro, hay pintores que lo hacen y lo han hecho muy bien.

– ¿Realismo o abstracción?

– Para mí realismo, pero adoro una buena abstracción de otra persona que no sea yo. Mi manera de pintar es figurativa, siempre ha sido así, mi ideal o lenguaje es a través de la figuración y ahora mismo lo entiendo así, No me cierro a nada, si la manera de evolucionar me llevara a otra cosa lo vería de una manera natural, pero forzar nada nunca, la madurez me irá llevando al aprendizaje de otras cosas, incluso de otras gentes. Pero siempre de manera natural, no pienso que tenga que cambiar en nada de manera radical, las cosas que tengan que pasar van a pasar, me dejo llevar. Al final es lo que uno siente, ser honesto, que lo que estés enseñando venga de verdad de ti, que no tenga que ver ni con una moda ni con algo que te dicen que es el momento de hacer. Las modas pasan y el arte no, pero hay ciertas tendencias que las marca un mercado que a veces no tiene nada que ver con el arte como yo lo entiendo, te fuerza a hacer ciertas cosas, pero mi opinión personal es que no hay que tender a ello.

– ¿Silencio o algún sonido en especial para pintar?

– Especial nada, lo que me apetezca según el momento, hay veces que escucho música, hay veces que no. No necesito ni silencio absoluto ni nada en particular, cualquier cosa que me agrade tener de fondo.

-¿Alguna “manía” en su estudio de pintura?

– No tengo manías, tengo costumbre de pintar lo que el cuerpo me pida cada día.

– ¿La inspiración llega trabajando o mirando y apuntando en su blog?

– Es trabajando al fin y al cabo, no creo en la idea de inspiración romántica de que cuando me llegue entonces me pongo, cuando uno tiene la costumbre de pintar a diario profesionalmente, con tus horas, sabiendo qué es lo que tienes que hacer, es la mejor manera de aprender, la manera de evolucionar, hay días que son mejores, otros peores. Muchas veces las mejores ideas las tienes a la salida de un museo, o a una hora que no te esperas, sentada en un sofá haciendo cualquier cosa cotidiana porque entra una luz a esa hora que le da a un vaso y entiendes que eso te lleva a una idea de belleza que te gusta y eso es lo que al final acabas anotando y acabas pintando. Muchas veces no importa el entorno en el que estés, que estés enchufada a tu trabajo y seas pintora desde que te levantas hasta que te acuestas. En la manera de mirar, en lo que ves, ahí te surgen las ideas de las cosas.

– ¿Existen los parones por falta de inspiración?

– Sí, sí existe un parón. No por falta de inspiración, yo digo que siempre tengo muchas ideas, pero hay veces que necesito un parón para ordenarme, para ordenar todas esas ideas y para saber cómo voy a empezarla, cómo voy a enfocarla, qué líneas tengo que seguir, que tengan coherencia unas con otras, porque a veces son varias ideas a la vez de cosas que no conjugan, tienen que dar a entender cierta estética. Todo tiene que tener cierta estética y que la persona que va a ver una exposición mía sienta una serie de cosas, que se deje llevar por una cierta calma, tranquilidad y que le de cierto regusto, que salga de ver mis cuadros habiendo disfrutado, por lo menos para mí eso lo consigo organizándome primero y ordenando mis ideas para después llevarlas a cabo.

– ¿Prefiere que su obra sea observada o comprada por un experto o por un profano al que simplemente le maravilla su pintura?

– La verdad es que ilusionan las dos cosas. Alguien que se para ante una obra tuya y se enamora hasta el punto de comprártela y llevársela a casa,  hay pocas cosas más maravillosas. La sensación que tengo cuando pasa algo así es la misma, te hace una ilusión increíble que alguien dé ese paso, ese paso no lo da cualquiera, es difícil, porque hablamos de un bien que no es necesario, al final se ha dejado llevar por una sensación.También es bonito que entiendan, te gusta que alguien que esté en tu entorno sepa lo que está mirando, que esté en mi mundo, pero es de valorar igual. 

– ¿Exposiciones individuales o colectivas?

– He hecho exposiciones colectivas, pero lo importante es que lo que estés exponiendo y con quien estés exponiendo tenga sentido para ti, es lo más importante. Cuando se trata de una individual lo bueno es que la puedes hacer totalmente a tu gusto, puedes desarrollarla como mejor te venga, puedes sacar lo mejor de ti, no solo por la cantidad, es un espacio único para ti, sino también de crear una cierta atmósfera que va contigo.

Una de las últimas que he hecho ha sido en Ayamonte, en este caso con mi marido, Tomás Muruaga, que es fotógrafo. La exposición tenía como hilo conductor la fotografía y la pintura, ha sido un trabajo muy especial porque ese trabajo ya lo hicimos y lo presentamos en El Alcázar de Sevilla y ahora lo hemos querido llevar a Ayamonte, a un sitio muy especial que es la Ermita de San Sebastián, el cual teníamos en la cabeza, un sitio muy particular como el Alcázar pero al mismo tiempo muy distinto. El Alcázar es mucho más grande, más monumental, pero este, al ser más pequeño e íntimo nos ha dado mucho juego y nos ha dado pie a crear una atmósfera muy diferente, muy bonita. Ha gustado tanto y nos hemos quedado con tal sensación que queremos llevarla a más sitios. (La Mirada del Otro)

– Un gran museo donde le gustaría que luciera uno de sus cuadros. ¿Qué cuadro? ¿O aún no está pintado?

– Lo veo impensable, para mí un museo es algo que está en un escalón superior, ahora mismo para mí es inalcanzable. Entro en el museo del Prado o en el Thyssen, me fascinan. Voy allí emocionada, apenas hablo, así que nunca he soñado tan alto. Al final lo que deseo es seguir haciendo exposiciones, seguir evolucionando, ver hasta dónde me lleva mi manera de pintar, tengo curiosidad por ver donde voy. Trabajar por y para ello.

– ¿Un pintor con el que compartir una pared?

– Con el pintor que me gustaría compartir un espacio sería con Velázquez, sería para mí soñar a lo grande. Ese cuadro que soñaría compartir con Velázquez seguramente estaría por pintar, me daría hasta miedo pintarlo.

– ¿Un sueño por cumplir o ya está cumplido?

– Por cumplir muchos, cualquiera que tenga que ver con exponer en otros sitios, con que te conozca más gente.

– ¿El final ideal de un artista?

– Haber tenido una vida satisfactoria, haber podido hacer lo que uno ha querido hacer, que los demás hayan disfrutado contigo lo que tu has disfrutado haciendo, haber sentido que has dado honestidad en tu trabajo y también verdad, y si has dado belleza, pues mejor.

– ¿Academia o autodidacta?

Soy partidaria tanto del camino de la enseñanza de la pintura académico como por otra vía, uno puede aprender fuera de lo que es una academia y puede evolucionar perfectamente si te sientes limitado, yo nunca me sentí limitada en la facultad y lo entendí como un aprendizaje esencial, sentí como que me dieron los instrumentos y la base fuerte y necesaria para a partir de ahí hacer lo que yo quisiera, nadie me obligaba a pintar de una manera, me gustaba dibujar y me gustaba dibujar bien y en ese momento dibujar bien era hacerlo de manera muy realista, los principios se basan en eso, antes de construir hay que construir, me parece que nadie pierde nada en ese camino. Pero cada uno tiene los medios para llegar a lo que le gusta sin ser genios como Picasso.

-Competitividad entre artistas.

– El mundo del arte es como cualquier otro, claro que existe ese tipo de competencia, lo bueno de mí es que no soy muy dada a los grupos, trabajo de una manera muy individual, cuando he hecho algo más colectivo lo he hecho con gente muy afín, teníamos un vínculo muy determinado en ese momento, sabía que no iba a tener ese problema. Estoy alejada de ese tipo de mundo que al final crean esos malos ambientes que existen, pero con los que yo soy incapaz de coexistir. No me interesa.

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