Revista Sevillanas
Semblanzas

Santa Ángela de la Cruz. Un alma prodigiosa

El femenino —alma, prodigiosa— le va que ni pintado. La delicadeza de su pluma (la gran desconocida de su personalidad) le delata como uno de los espíritus más depurados y fieles a sí mismos en su esencia de creyentes que ha dado la tierra andaluza. Tuvo buena escuela, su padre cardador de Grazalema —nombre de fonética poética donde los haya—; su madre de Zafra, costurera. Ambos venidos del agro al “calor” de una ciudad que todavía gozaba de la omnipresencia de lo divino. Sofocante saturación, dirán algunos. Puede. Pero en todo caso caldo de cultivo también, y de los idóneos, para que una chiquilla que le ganaba la vida a la familia numerosa de las de entonces calzando a la buena sociedad sevillana abriese las puertas de su pecho al anchuroso horizonte de la santidad.

Ando zambullido en la documentación publicada sobre Sor Ángela de la Cruz, hoy en los altares donde siempre la tuvo Sevilla. Y si no, dense una vuelta cualquier mañana por su monumento —menudo y encarado con la gente, como ella misma— en San Pedro. Allí nunca verán vacío el espacio de las flores. Empeñado como estoy en llevarla a la gran pantalla, y sabedor de que eso le horrorizaría, busco y rebusco en sus papeles pistas para filmar lo inaprehensible, el aroma de sus días, el secreto de su perennidad.

Y en tal menester, he dado con sus “Escritos íntimos”. Nada menos. Es “la otra” Sor Ángela, la gran desconocida. Los puso negro sobre blanco, robándole horas al sueño, tras fatigosas jornadas laborales sin convenio colectivo y con sólo el domingo para descansar y consagrarlo a Dios. Los escribió en un rincón de su modestísima casita de Santa Lucía mientras todos dormían, por orden de su confesor, el padre Torres Padilla, conocido en Sevilla como “el santero” porque sus dirigidas se trasmutaban con frecuencia al compás de sus consejos evangélicos. El padre Torres, en cuya casa de la placita de Santa Marta también escribió Sor Ángela, recogiendo las piernas porque los pies no le llegaban al suelo al sentarse en el sillón frailuno, fue consultor del Concilio y descubridor de nuestra santa. Cuando ésta le conoció y le confió sus inquietudes, él la adoptó como hija espiritual y le exigió que pusiera por escrito sus pensamientos y experiencias, algo que Sor Ángela detestaba por entender que nada en la vida se le daba peor. Estaba equivocada. Esos papeles nos revelan a una Sor Ángela que complementa a la de las estampitas confiriéndole una humanidad pletórica de fe y cargada de dolor. En estas páginas —“Sor Ángela de la Cruz, Escritos Íntimos, BAC 2006— esta pequeña mujer colosal se nos aparece sin intermediarios, tal cual era cuando se puso a escribir con 29 años. En el mismo volumen, encontramos una biografía espléndida de ese inmenso sacerdote y escritor que fue José María Javierre, cuya frescura periodística no decae nunca. Él mismo aporta una preciosa introducción a los escritos y las abundantes y esclarecedoras notas. Y a él se debe que, ciento treinta años después de iniciadas las cuentas de conciencia para el padre Torres, tengamos hoy este testimonio impagable de un alma privilegiada, de una vida repartida entre la oración, la penitencia y la caridad, siempre de actualidad. 

La fundadora de la Compañía de la Cruz, por cuya cabeza jamás pasó que aquellos documentos tan personales vieran nunca la luz —de hecho, llegó a encargar que los quemaran, aunque esta vez la desobediencia los salvó para las generaciones venideras entre las que nos encontramos— vivió, como su venerado San Juan de la Cruz, su noche oscura. Negra más bien, y si los leen comprenderán por qué lo digo. Lo que Ángela Guerrero, Santa Ángela, muestra a su director, en quien veía la presencia del mismo Jesucristo, es una tormenta interior en la que “muere porque no muere”, como su modelo, la santa de Ávila, y oscila entre la tranquilidad infinita que le impone su padre Torres y el extravío interior digno de un Unamuno.

Esta Sor Ángela es la que yo quiero llevar al cine, por ignorada, por misteriosa, por sugerente y porque es una espiral ascendente, como el cielo de Dante, con muchas nubes humanas, como las de quien esto escribe y probablemente quien lo lee. Una Sor Ángela de película, que tiene mucho que decir y muchísimo que contar. Yo quiero que interprete sus papeles íntimos de cara a la cámara, porque algo me dice que una multitud de espectadores de todo tipo y condición la está esperando.

Artículos relacionados

La Niña de los Peines

Francisco Robles

La luz de Carmen Sevilla

Pilar Fuertes Aguilar

Me llamo Sevilla

J.L Ortiz de Lanzagorta

Deja un comentario